Jueves dos de mayo del año dos mil dos. Once de la mañana. Llueve. Sufriendo, me encuentro en Bellavista, cabecera municipal de Bojayá, departamento del Chocó. Mi cuerpo, cubierto de polvo, yace mutilado en el piso del templo bombardeado, en medio de un caótico escenario de escombros, pedazos de vidrio, bancas de madera convertidas en añicos e incontables cadáveres de hombres, mujeres y niños -sobre todo niños- destrozados. Los heridos se quejan de dolor, los lamentos de los lugareños buscando a sus familiares entre las ruinas son angustiosos. Retumban en mis oídos los gritos desesperados de una niñita de cinco años de edad, el rostro ensangrentado, sentada junto al cadáver de su madre, tratando de moverla creyendo, en su inocencia infantil, que su progenitora solo estaba dormida, queriendo despertarla para que la sacase de ese infierno.
Años atrás en este pueblo, a orillas del Atrato, en los límites con Antioquia, sólo se respiraba paz, reinaba la tranquilidad. Sus gentes, de raza negra, humildes, trabajadoras, hospitalarias y muy alegres, vivían felices en medio de las maravillas naturales que los rodeaba: atardeceres de acuarela entre cielo, río y selva, ornamentados con mariposas que, con rumbo errático, se perseguían juguetonas sobre la superficie de las aguas, y muchísima riqueza en las entrañas del bosque. En la iglesia San Pablo Apóstol, mi morada, presencié la devoción de un pueblo noble e ingenuo que no conocía la violencia, ni sabía de conflictos armados, ni de izquierdas, ni de derechas, ni de centros, ni de guerrillas, ni de paramilitares; sólo de su necesidad de buscar el sustento en el río o en el monte.
Pero las cosas habrían de cambiar radicalmente cuando empezaron a llegar -sin que nadie los llamara- grupos de hombres armados que asesinaban, secuestraban, extorsionaban, desplazaban campesinos de sus parcelas y reclutaban niños. Así, donde antes reinó la tranquilidad ahora reinaba el miedo. La tierra entonces se cubrió de sangre inocente y el río se convirtió en cementerio flotante de cadáveres insepultos.
El dos de mayo empezó con un una señal en el cielo presagiando que éste no iba a ser un día como los demás. Desde muy temprano un pájaro enorme, perteneciente a alguna especie de ave jamás vista en el pueblo, vino a posarse sobre el techo del templo quedándose allí, inmóvil, durante horas. Las gentes, atemorizadas, buscaron refugio en el interior de la iglesia, con la esperanza de que el lugar santo sería respetado.
Los atacantes empezaron a preparar un letal cilindro bomba. Entonces intervine por primera vez. Por favor, no lo hagan!, les grité al oído. Pero no quisieron escucharme. Lanzaron el artefacto. El cilindro penetró el techo de zinc de la iglesia y estalló. Lo que siguió es inenarrable. Basta una palabra: HORROR.
Los sobrevivientes reanudaron su vida, el Estado reedificó la población, pero la reconstrucción más importante aún estaba por hacerse: era necesario sanar el alma. Fue entonces cuando intervine por segunda vez. No permití que ni el odio ni los deseos de venganza anidaran en los corazones de las víctimas. Les dije: Perdonen!. Y esta vez, mi voz fue escuchada.
Mi tercera intervención fue ante los líderes del grupo armado. Descubrieron en su interior la humildad para pedir perdón. Así nació una semilla: la reconciliación.
Mi última intervención está en curso: un llamado a todos los colombianos a seguir el ejemplo de Bojayá. Que no pierdan la fe, que mantengan viva la esperanza, que tengan el valor de perdonar. Porque sólo así crecerá el árbol de la reconciliación y será posible un país en paz.